En su primer día de estudio, el pasado 18 de enero, Luis Armando Ortiz, un estudiante del Instituto Técnico La Esperanza de Valledupar, aprendió que en su nuevo colegio además de la constancia y la disciplina se requieren buenas piernas para triunfar.
Fue la primera lección que tuvo ese día cuando a las 6:25 a.m. sonó la campana y una masa enorme de muchachos se volcó a la carrera sobre las aulas. "Debe ser que tienen mucho afán por empezar a estudiar", pensó ingenuamente este niño de 11 años, alumno de sexto grado.
Sin afán, entró caminando y comprendió de golpe el porqué de la maratón juvenil cuando se dio cuenta de que no había un sólo pupitre desocupado. A Luis Armando le tocó, entonces, recibir la clase de la ameba y el paramecio y la de teoría de conjuntos sentado en el suelo. El día fue particularmente largo.
Desde entonces, el muchacho llega temprano y se mete en el maremágnum de codazos, rodillazos y empujones por conseguir un pupitre. La máxima victoria es conquistar uno de los del centro, que no están deteriorados. La derrota total es sentarse en el piso.
"La lucha es dura porque hay unos pelaos muy grandes y muy mangas", asegura Luis Armando.
La escasez de pupitres en La Esperanza, que alberga a 2.186 estudiantes repartidos en 24 cursos, no es nueva, pero se agudizó este año por el aumento de cupos, según cuenta el rector Fredys Ramos Martínez.
Hoy el déficit de mesas en el colegio es de 400. El número de estas por curso oscila entre 30 y 35 y el de alumnos no baja de 45.
"Lo más grave es que la falta de mobiliario afecta la calidad educativa y la relación entre los muchachos -dice el profesor de Ciencias Sociales Virgilio Sangregorio-. Los niños no se concentran y hay que repetirles constantemente cuando están tomando notas porque algunos deben apoyar el cuaderno en las piernas".
Esto, sin contar las riñas diarias que se presentan en la mañana, muchas de las cuales tienen un segundo round en la tarde con el consabido 'a la salida nos vemos'.
Tal vez la única ventaja que tiene este racionamiento de puestos es que La Esperanza puede ser el colegio del país donde menos alumnos piden permiso para ir al baño o salirse de clases.
"Acá impusimos el onceavo mandamiento: 'No dé papaya', para que entiendan que deben no sólo disputarse los asientos, sino asegurarlos, evitando salir constantemente del aula", dice el rector Ramos.
La falta de mobiliario no es exclusiva de este plantel. En el colegio Consuelo Araújonoguera hay niños que deben llevar desde sus casas no sólo el morral con los útiles y la lonchera, sino sus sillas.
En este establecimiento educativo, con 2.500 alumnos, faltan 450 pupitres. "El año pasado el alcalde Ciro Pupo vino y vio niños recibiendo clase en el piso. Nos prometió 150 pupitres y todavía los estamos esperando", afirma Dennis Molina Bracho, coordinadora de la jornada de la mañana.
En el colegio Loperena Garupal, donde estudian 1.473 jóvenes, han tenido que recurrir a una especie de 'pico y placa educativo'. "Para estar cómodos todos los cursos deben sacrificar un día. El lunes no asisten los niños de sexto, el martes los de séptimo...", explica un alumno.
La secretaria de Educación Municipal, Eris Escobar, acepta que existe una emergencia por la falta de más de 14.000 pupitres. "Pero no es culpa de esta administración -aclara-, sino del abandono de años al sector educativo".
Según ella, en el 2004 la Alcaldía compró 7.345 pupitres a Ofilíneas de Bucaramanga. De esos ya han recibido 1.700. El resto los deben entregar en las próximas semanas.
"En mayo abriremos otra licitación para adquirir 7.500 más", dice.