La adaptación de los jóvenes al universo de la educación superior es un factor que debe ser tenido en cuenta para promover su permanencia en el mismo, ya que este momento representa en la vida de los estudiantes una serie de cambios radicales, los cuales involucran desde la adaptación y comprensión de nuevos modelos pedagógicos hasta factores relacionados con la libertad y autonomía que se adquieren, tanto por la edad como por los compromisos asumidos, al concluir la formación media.
Las habilidades, el grado de satisfacción y las expectativas frente al programa elegido; las dificultades de integración social y la dedicación del alumno tienen incidencia en la decisión de continuar o abandonar los estudios. La presencia de estos determinantes es más fuerte durante el primer semestre, periodo crítico que registra el 45% del porcentaje total de la deserción, según la metodología del Sistema de Prevención y Análisis de la Deserción en las Instituciones de Educación Superior, Spadies.
Esta deserción temprana incide más en ciertos tipos de población, como, por ejemplo, las comunidades étnicas, raciales y rurales, que se ven forzadas a asumir mayores rupturas socioculturales al ingresar al medio académico. Este caso lo vive la Universidad del Valle, donde se ha podido identificar que la problemática afecta de manera notoria a grupos de afrodescendientes e indígenas, lo cual ha llevado a la institución a implementar, a través de la Vicerrectoría Académica, programas de acompañamiento y planes de adaptación básica con el apoyo de monitores. Lo anterior demuestra que estudiar y profundizar en el fenómeno hace visibles nuevas lógicas de la deserción estudiantil.
Qué estudiar es una decisión que tanto el joven como la familia enfrentan sin una información amplia sobre la oferta educativa y mucho menos, sobre el perfil del graduado y las opciones laborales que se le ofrecen, razón por la cual sigue existiendo en el país la tendencia a optar por programas tradicionales. En este sentido, el estudio del Centro de Investigación para el Desarrollo, Cid, de la Universidad Nacional de Colombia, para el Icetex, encontró que cerca de un 15% de los estudiantes matriculados encuestados escoge una institución de educación superior sin informarse sobre otras instituciones y cerca de un 20% selecciona la carrera sin informarse sobre otros programas. Este estudio señala, además, que el tener información previa reduce el riesgo relativo de desertar, dicha reducción fluctúa entre un 20 y un 35% de acuerdo con el tipo de institución.
Esa información detallada, sobre oferta de programas, perspectivas de trabajo y perfiles profesionales, está disponible en el Sistema Nacional de Información de la Educación Superior, Snies, y el Observatorio Laboral para la Educación, a los cuales se puede acceder a través de la página Web del Ministerio de Educación. Allí se encuentra información que ayuda a la toma de decisiones de distinto orden, como la selección de un programa de educación superior y la institución en dónde recibirlo.
Un buen equipaje para permanecer
El tránsito de la educación de un nivel a otro deja entrever, igualmente, que factores de orden académico también son causantes de la deserción. El rendimiento académico de los estudiantes está asociado con una orientación profesional pobre o inexistente, la desmotivación frente al programa que se cursa o debilidades en las capacidades académicas y linguísticas con que se llega a la educación superior. Por consiguiente, se identifican como determinantes los conocimientos y experiencias que los jóvenes adquieren en la familia, las instituciones de formación básica y media, y el entorno donde viven.
Diversos estudios sobre deserción en educación superior (Universidad de Antioquia, 2002; Universidad Nacional, 2003 y Universidad de los Andes, 2005) coinciden en que existe una correlación alta entre los resultados académicos y el nivel académico del núcleo familiar: un estudiante cuyos padres tienen formación superior presenta mayor probabilidad de un buen desempeño académico; la relación se da, inclusive, con el mismo ingreso económico de la familia, ya que la educación superior es una de las principales herramientas de movilidad social, puesto que una persona con título de educación superior tiene un salario esperado más alto que un bachiller, lo que genera mayor interés en la educación y se convierte en un “círculo virtuoso” estratégico para romper el “círculo de la pobreza”, es decir, para avanzar en la equidad social.
Entre tanto, las instituciones de educación superior son receptoras de una gran diversidad de jóvenes, muchos de ellos con carencias que deben suplir rápidamente si desean continuar con sus estudios. Igual ocurre en el campo de las competencias, donde se hace notorio que no todos los estudiantes tienen la capacidad de leer el mundo, utilizar un conocimiento para producir soluciones, relacionarse con el otro y construir conjuntamente. Parte de esas competencias se adquieren en la formación básica y media, pero existen desequilibrios.
La evidencia de debilidades académicas de los estudiantes hace notoria la importancia de continuar con una mayor articulación entre la educación media y la educación superior, para que dejen de ser dos niveles independientes y trabajen conjuntamente, tal y como está previsto en la Ley 749. Dicha articulación es tan importante como una aproximación a la dimensión afectiva, social, cultural e intelectual del estudiante. Sólo abordando de una manera integral al estudiante será posible lograr su integración armónica a la vida universitaria y se le contribuirá a que concluya de manera satisfactoria sus estudios  |